El primer libro que yo escribí fue una quijotada. Precisamente, una versión libre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha de Miguel de Cervantes. En lenguaje rioplatense, apta para chicos, para leer o representar como obra de teatro. Su título tal vez me fuera sugerido por el mismo Cervantes o por el mismísimo don Quijote en uno de esos momentos en que, entregada a la escritura, me abstraía de todo lo que no fueran combinaciones de letras que portan sonidos que producen significados. Se llama “Abran cancha, que aquí viene don Quijote de La Mancha”.

Debo reconocer que este libro, en el que traté de conjugar mi creatividad con la de Cervantes y con la de los creadores de novelas de caballeros andantes de las que él abrevó, me convenció de que valía la pena emprender quijotadas.

Después de haber publicado unos cuantos libros, que dicho sea de paso mis amigos y familiares recomiendan con fervor, sentí que me había llegado el momento de abordar otra empresa quijotesca.
Así fue que me uní a Anahí Rossello y Carmen Martínez, que sintonizaban con el proyecto, y surgió Ediciones Abran Cancha, un emprendimiento dedicado a promover la lectura mediante libros que circulen por medio de talleres y no sólo por los canales tradicionales.

El primer libro de la serie de títulos que presentamos en talleres en las escuelas es Había una vez un libro, que pone de relieve justamente lo que nos interesa: que cada libro despierte el deseo de seguir leyendo otros, así como el de producir otros textos, poemas, cuentos, colmos, historietas o lo que fuere.

Pensamos que es bueno que a estos talleres vengan las madres y los padres, si es posible. Y si esto no es posible, que venga al menos uno de ellos. Y si esto no es posible, que vengan la abuela o el abuelo, una tía o un tío, una hermana o un hermano mayores o alguien de la familia, entiéndase esta como se entienda. La cuestión es que al taller, el chico o la chica que están en esa escuela vengan acompañados de algún adulto que tenga con él o ella una relación cercana. Porque nos interesa que disfruten juntos de lo que pasa cuando una persona adulta comparte un momento de lectura con una persona que está en algún momento de su infancia, aunque ya haya aprendido a leer.

En mi experiencia, los momentos de lectura compartidos entre quien es niño o niña y una persona algo mayor, son de muchísima riqueza.

Al escribir esto evoco momentos de mi propia infancia en que mi papá, mi mamá o alguno de mis hermanos mayores me leía un cuento o un poema y no puedo dejar de recordar el fuerte impacto afectivo que este simple hecho me producía. Que alguien me leyera algo quería decir que esa persona me quería.

Y también evoco momentos más recientes. En especial, mi trabajo para la Dirección Nacional del Libro en los tiempos en que esta estaba a cargo de Hebe Clementi.

Las tareas que desempeñé en ese momento en muy distintos lugares del país me permitieron descubrir desde el otro lado, el de la persona adulta que lee a otros, la gran entrega personal que significa elegir un texto pensando en las personas que van a escucharlo y leerlo en voz alta. Las palabras leídas salen al mismo tiempo de la mente y del corazón. Provocan el surgimiento de un escenario invisible pero real en el que cobran vida. Y un lazo sutil y al mismo tiempo fuerte va uniendo a la persona que lee con las que escuchan. Todas participan al mismo tiempo de un hecho individual y colectivo. Hay algo del orden de lo imaginario que se va volviendo real y un vínculo singular que queda establecido.

Esta es la propuesta de los talleres de Abran Cancha: el acto de lectura como un hecho comunitario, leer con los otros.

 

Adela Basch