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LOS LAGARTOS Y EL SOL
de Anahí
Rossello
A Federico
Hubo un tiempo en que la tierra era una oscura y seca bola
gigante. Sólo noche, montañas, rocas y arena.
Y en las montañas, las cuevas. Y en las cuevas, los
lagartos. Sus lenguas eran ásperas, porque no conocían
el agua. Pero podían decir palabras de amor.
En una de esas noches eternas el lagarto más joven
descubrió que sus ojos miraban una y otra vez a la
lagarta más joven y que los tambores de su corazón
tocaban un ritmo distinto. Entonces, quiso casarse con ella
y le prometió un hermoso regalo.
El joven lagarto caminó pesadamente bajo la luna
helada, llegó a la montaña de oro, y allí
cavó con sus garras hasta encontrar un brillante
círculo dorado.
–Es un perfecto regalo de boda –pensó,
y comenzó el largo camino de regreso, arrastrando
con esfuerzo su tesoro. El viaje era largo y difícil.
Mil veces deseó abandonar su carga, pero mil veces
pensó que ella lo estaría esperando. Demasiado
peso y una gran oscuridad. Sólo el reflejo de la
luz de la luna en el disco de oro.
De pronto, un gran pájaro del color del plomo se
arrojó sobre él, dio un fuerte chillido y
le arrebató su rueda dorada. Después, se fue
volando, alto, muy alto, con el círculo brillante
en el pico.
El lagarto llegó llorando, y se puso a llorar la
lagarta al saber lo sucedido.
Arriba, en el cielo, una luz nueva comenzaba a brillar,
cambiaba los colores de la tierra y la entibiaba. Mucho
tiempo después, los hombres lo llamarían sol.
El lagarto y la lagarta siguieron llorando hasta que sus
ojos quedaron secos para siempre. Sus lágrimas saladas
formaron un charco infinito. Mucho después, los hombres
lo llamarían mar.
Desde entonces los lagartos están siempre al sol,
con sus panzas apoyadas en las piedras. Esperan, quietos
y tristes, que su regalo de bodas regrese a la tierra.
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