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OLEGARIO, EL INVENTOR
Cuento de Graciela
Pérez Aguilar
Olegario era inventor desde
chiquito. A los cinco años ya había inventado
una máquina para contar hormigas. Las hormigas pisaban
una hojita, que movía un palito, que hacía
caer una bolita dentro de un envase de yogur. Una hormiga,
una bolita. Tres hormigas, tres bolitas. Cada cien hormigas,
Olegario vaciaba el envase y ponía una bolita más
grande que quería decir “cien”. Y así
sucesivamente.
A los seis años inventó un “bolso portagatos”
que tenía forma de gato, con un agujero adelante
para que el animalito sacara la cabeza y otro agujerito
atrás para que sacara la cola. Pero Froilán
González, el minino de la casa no quiso ser piloto
de pruebas y al tercer intento de meterlo adentro, el bolso
quedó hecho tiras.
Entre los siete y los once años, Olegario inventó
una máquina para sacar la pelusa del ombligo que
no funcionó porque hacía muchísimas
cosquillas. También inventó un aparato para
peinar osos panda gigantes, pero como sólo existen
en China nunca pudo probar su invento. A su mamá
no le gustó el aparato de alisar lechuga porque la
dejaba lisita pero achicharrada y a su papá no le
interesó mucho la máquina para tocar melodías
con un pan flauta porque no tenía nada de oído
musical. En fin... que Olegario tenía buenas ideas
pero era un inventor incomprendido.
Y resulta que, un día, Olegario se enamoró
de Clotilde, la chica más inteligente del barrio
que sí lo comprendía.
–Ole, inventame un aparato para emparejar los agujeritos
de las letras “o”, que me salen mal –pedía
Clotilde.
–Enseguida te lo invento, Cloti, y además,
con lo que sobre de los agujeritos de las “o”,
podés poner los puntos de las “i” –
respondía Olegario. Y a los dos días el invento
estaba listo.
–Ole, inventame una máquina para pasear demonios
de Tasmania –decía Clotilde.
–¿Qué son los demonios de Tasmania,
Cloti? – preguntaba Olegario.
–Son bichos muy raros que viven en Tasmania, Ole –
respondía Clotilde y, a los cinco días tenía
la máquina en la puerta de su casa.
Así, Olegario y Clotilde crecieron juntos en amor
y en inventos. Cloti tenía las ideas y Ole las realizaba.
Juntos inventaron el martillo de goma para clavar clavos
de chicle, los guantes con espinas para agarrar cactus,
el trampolín para tirarse a la bañadera, el
colador sin agujeros para no desperdiciar agua, la silla
de una sola pata para ejercitar el equilibrio y la bicicleta
de ruedas con zapatos para andar por la vereda.
La última vez que los vi (porque ya son grandes y
viven enfrente de mi casa) estaban inventando una catapulta
gigante para viajar al planeta Venus. Y seguramente lo consiguieron
porque unos meses después recibí un mail que
decía: “Querida Graciela, te escribimos desde
el planeta Venus. No te imaginás lo linda que se
ve la Tierra desde aquí...”.
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