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ES SÁBADO EN LA NOCHE
Cuento de Carmen
Martínez
Era sábado en la
noche, el domingo iríamos a visitar a Tía
Julia. No podía pensar en otra cosa desde que papi
me lo dijo.
Me gusta visitar a la tía Julia. Ella es bien alegre
y muy, pero muy cariñosa. Hace un chiste tras otro.
Me hace reír con tantas ganas, que las carcajadas
retumban por toda la casa. Y su comida es sabrosísima.
Prepara unos asados que nadie puede igualar. Y el postre,
eso sí que es todo un evento. Porque si prepara gelatina,
la hace de tres o cuatro sabores y colores.
En una ocasión le añadió ojos utilizando
frutillas, nariz con una cereza y una boca bien abierta
con la rodaja de un durazno. También le añadió
cabello a la gelatina. Agarró la crema batida y le
hizo un pelo ondulado muy moderno. Sólo le faltaba
hablar a la señora gelatina. Me imagino que quizás
habría comenzado a reclamar, por el peso que estaba
cargando. Quizás hubiera exigido unas orejas para
poder escuchar lo que hablábamos. ¡Qué
sé yo! Pero de que la tía es especial, no
cabe duda.
La tía Julia vive muy lejos de casa. También
mi prima Ana. A ambas las quiero mucho, pero el viaje es
muy largo y nunca puedo visitar a las dos el mismo día.
Ana dice que cuando sea grande será bailarina. Se
pasa inventando vestidos con las cortinas viejas. En una
ocasión la escuela anunció un concurso de
baile y allá fue Ana, tan pequeña y tan delgada,
a anotarse para concursar.
La directora no quería inscribirla porque daba por
hecho que Ana perdería el concurso y se echaría
a llorar. ¡Sólo teníamos seis años!
Pero Ana insistió y tío Alberto la apoyó.
La directora la inscribió contenta, aunque con pocas
esperanzas.
Estuvo todo el mes practicando su baile. Cuando llegó
el momento, comenzó a bailar y el teatro de la escuela
se quería venir abajo. Todos aclamaban a la prima
Ana. ¡Me sentí tan contenta por ella!
Ese verano pasamos juntas dos semanas en su casa. Cazamos
mariposas de muchísimos colores. Revoloteaban por
todas partes. Son tan bellas las mariposas. Parecen besitos
de Dios. También nos llevaron a pescar. ¡No
pescamos nada! El tío Alberto dijo que fue porque
no parábamos de reír y que el ruido ahuyentaba
a los peces. Pero nunca lo tuve claro, porque yo los veía
moverse de un lado para el otro. A mi entender, el tío
Alberto no sabe pescar. Y quiso culparnos a nosotras para
no quedar mal delante de su novia.
De eso hace dos años. He visto a Ana en tres tristes
ocasiones: su cumpleaños, el mío y en la fiesta
de aniversario de los abuelos.
Pero veré a la tía Julia y haremos postres
que no puedan escuchar lo que conversamos.
Al fin llegó el domingo. Me levanté más
temprano que de costumbre. Arreglé mi habitación
y ayudé a mami a servir el desayuno. Tomé
el regalo para la tía Julia y me subí al auto.
Viajamos por unas seis horas. Íbamos cantando y contando
cuentos. El viaje se hizo corto aunque la espera había
sido larga.
Al llegar a la casa, la tía Julia se encontraba en
el patio esperándonos. ¡Es tan buena! Me echó
los brazos e hizo que volara por los aires.
–¿Cómo estás, Alicia? –me
preguntó con esa sonrisa que le gana al Sol en destellos
de luz. La miré a los ojos y le dije: –¡Qué
linda sos!
Inmediatamente me dijo que tenía una sorpresa para
mí. Al entrar en la casa fui buscando un pastel con
ojos hechos de almendra o una gelatina de seis colores y
caramelo en el fondo y con orejas gigantes, pero sorda.
Me equivoqué. La sorpresa era aun mayor. Tenía
ojos y boca, orejas que oían ¡y aun le gustaba
bailar! Era Ana que también se encontraba de visita
en la casa de la tía Julia. –¡Alicia!
–gritó ella.
–¡Ana! –grité yo–. Y nos
abrazamos tan fuerte, tan fuerte, que apenas podíamos
respirar.
Cerré los ojos y me encontré en su casa en
aquel verano que pasamos juntas. Las mariposas revoloteaban
en el jardín, el sol iluminaba nuestros rostros y
los peces continuaban en el lago, esperando que el tío
Alberto pudiera atraparlos.
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