cuento de Eduardo Dayan
La princesa Prichi gustaba de Julián, su compañero de banco en la escuela. Con él hacía siempre los deberes. Y tarea va, tarea viene, se enamoraron.
Cuando la tarde del viernes Julián se le declaró, ella le dijo que sí, que aceptaba ser su novia. Y ellos pasaron de ser amigos a ser novios.
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Todo esto sucedió mientras hacían la plancha, flotaban, nadaban en estilo crawl o jugaban como delfines en la pileta cubierta y climatizada del castillo.
Los dos sabían nadar, y ella lo había invitado ese viernes de la suerte.
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La Reina, que sospechaba algo de esa amistad de su hija, estaba espiando desde el vestuario de damas. Y los vio justo cuando se daban un piquito, un beso chiquito, ¡pero beso al fin!
–¡¡¡Los pesqué!!! –se dijo en voz baja y furiosa–. ¡¡¡Mañana me van a conocer!!!
Estaba enojadísima. Se sonreía por lo que iba a hacer para vengarse. Sabía que el muchacho estaba invitado a la fiesta de quince de su hija. Igual se fue murmurando: "¡Atrevido, el muchacho!".
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Lo que más rabia le daba era que el chico fuera el hijo del panadero del reino. ¿¿Cómo se atrevía a mirar ese don Nadie a la princesa Prichi??
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–¡¡Me las van a pagar!! –le dijo a su marido–. Conmigo, ¡¡nada de amor eterno a los quince años!! ¡Los pesqué con las manos en la masa!
El Rey miraba el techo.
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La mañana del sábado en que Prichi cumplía quince, el cielo se iba poniendo cada vez más oscuro. Con ganas de agua. A la princesa no le importaba tanto que lloviera. Su fiesta iba a ser en palacio y pensaba disfrutarla, aunque hubiera un diluvio afuera. Se la pasó practicando cómo bailar, cómo recibir a los invitados, cómo sonreír. Volaba de contenta como una mariposa. Pensaba que ninguno se daba cuenta de que tenía un sol en su corazón, aunque se le notara en el brillo de los ojos.
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A medianoche, se largó a llover, ¡y cómo!
A medianoche, los invitados estaban desparramados por los salones, comiendo y bebiendo.
A medianoche, cuando ya no quedaban invitados que hicieran fila para saludar a los reyes, Prichi se atrevió.
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–Mamá, papá, ya conocen a Julián, mi compañero de banco.
No les dijo que era su novio, porque ya sabía bien que sus padres se enojarían. Era seguro que iban a empezar a los gritos y le iban a arruinar el cumple.
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El Rey y la Reina lo miraron. Lindo, muy lindo el muchacho. Elegante. Camisa, corbata, traje limpio, peinado con raya al medio, con fijador, zapatos negros lustrados.
El padre lo saludó con cortesía.
A la madre le salían llamas por los ojos. Le volvía el recuerdo de haberlo visto besando a su nena. Le iba a hacer pagar el piquito.
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–Encantado –le dijo Julián a la Reina con una sonrisa grande, mientras le hacía la reverencia y le tomaba la mano para besársela.
Pasó un minuto.
–Sí, encantado... –repitió la Reina, tocándolo con la varita mágica que escondía en la mano.
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¡¡¡Y lo encantó en el acto!!! Prichi vio asustada cómo su novio se había transformado en un súper sapo, ¡de los más feos! ¡Y se salía del salón, encima muy contento y a los saltos!
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Lo siguió y lo persiguió. Pero Julián se le escapaba. La gambeteaba. Se metía en los charcos. Bailoteaba en el barro. Se hacía el chistoso. Chupaba el agua que caía del cielo. Al final, Prichi se abalanzó sobre él. Le dio un manotazo y lo atrapó, justo cuando el sapo se tiraba de cabeza en la pileta de natación cubierta y climatizada. Así que se cayeron los dos adentro. Prichi había alcanzado a agarrarlo de una pata. Se la apretaba fuerte, como si su mano fuera una pinza. No lo soltaba. Se le empapaba cada vez más el vestido. Se le pegaba al cuerpo. El pelo le caía a mechones sobre la cara, como agua de lluvia.
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En realidad, le daba bastante asco hacer lo que ya tenía decidido hacer. "Es como tomar un remedio", se decía para darse ánimos. "Tenés mucho pelo, pero ni uno de tonta, Prichi", buscaba convencerse... Cerró fuerte los ojos y le encajó un beso verde al sapo en plena trompa.
Ahí mismo lo desencantó.
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Así que, vestidos y todo, Julián y Prichi se pusieron a nadar, divertidísimos. Los invitados se amontonaban para ver qué estaba pasando... Como se habían traído las copas, brindaron por el encantamiento roto. Cantaron el “Feliz cumpleaños”. Algunos fueron a buscar algo más para comer. Tenían hambre. Además era canilla y tenedor libres. Y gratis.
La Reina estaba como loca, pero se hacía la tonta. No quería que la miraran.
El Rey silbaba bajito.
Se secretearon los novios. Entonces, los dos juntos de golpe tiraron de la cola del vestido de la Reina, que se cayó en la pileta cubierta y climatizada. Prichi le había explicado a Julián que la varita mágica de la Reina, si se mojaba, perdía todo su poder para siempre. Se transformaba en un palo dormido. La Reina, cuando vio la varita de madera ya sin fuerzas, se dio cuenta de que todo era inútil. Igual murmuró entre dientes:
–Si se portan mal, les doy un palazo en la cola a cada uno...
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Pero no hizo falta. Cuando llegaron las cámaras de televisión, todos estaban sonrientes. Al amanecer algunos comieron sándwiches de pan fresco que mandaba de regalo el padre de Julián. Le habían contado lo que había pasado, con detalles.
La fiesta terminó a las ocho de la mañana, cuando ya el sol iluminaba el reino. Por suerte ya era domingo y todos podrían dormir la siesta.
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A la noche, en el castillo, todos se vieron en el noticiero. A Prichi y a Julián les gustó que los llamaran "los novios". Y se rieron cuando escucharon a la locutora que decía que "contra la fuerza del amor, no hay varita mágica que valga". Y mostraban dibujos volanderos de las mariposas más lindas del mundo como si fueran soles de alas doradas, verdes, dibujadas...
El Rey se sonreía.